Biografía

Con Alma de Productor

Soy ingeniero civil, pero no vengo de familia de constructores sino de padres inmigrantes que trabajaban en el comercio y que querían dar una educación a sus hijos. Así fue como todos sus descendientes obtuvimos un título universitario. Yo me recibí durante el Gobierno del presidente Raúl Alfonsín, época en la que la construcción se movía poco. Recuerdo que fue un momento difícil y no encontraba oportunidades laborales.

Al no encontrar opciones en la construcción, “abandoné” el título por cuatro años y me dediqué al rubro textil junto a mis padres a quienes agradezco de todo corazón porque me dieron un lugar para comenzar a trabajar. Comenzamos a fabricar ropa y a venderla en el interior. Con el tiempo fuimos mayoristas y hasta tuve mi propia marca de jeans. Esta actividad me dio alas para volar; para conseguir mi primera ganancia y adquirir una casa.

Después de cinco años de trabajar en ese rubro entendí cómo funcionaba el sistema y que aunque no tenía dinero para construir, podía ofrecer proyectos a inversores y hacer lo que me gustaba… Construir! Así comencé, busqué inversores, cobraba una comisión por armar el proyecto, construirlo y venderlo. Con ese esquema, entre 1992 y 1993 desarrollé mi primer producto inmobiliario. También descubrí que tengo alma de productor; que no me conformo sólo con comprar y vender; que necesito generar y fabricar vaqueros, camisas… edificios… ¡Todo!

Tres Patas

Al sector inmobiliario entré despacio. Mi segundo edificio fue muy distinto al primero puesto que justo se habían abierto unas líneas de crédito del Banco Hipotecario Nacional. Había que presentar un proyecto para, previa evaluación, conseguir un préstamo. Así obtuve los recursos para aplicar en un terreno que había obtenido por permuta.

Esto me enseñó a ubicarme en la actividad de forma mas organizada. Para presentar un proyecto mejor, con curvas de inversión, flujos de fondos, metros construibles y metros vendibles, presentación de las carpetas técnicas y todo lo que un proyecto implica. Pude organizarme y trabajar ordenadamente, y el proyecto resultó un éxito. Estábamos ya en la presidencia de Carlos Menem y la empresa había despegado.

Esta actividad tiene tres claves:

  1. Saber hacer lo que uno hace; o sea, ser idóneo;
  2. Querer lo que uno hace
  3. Ser ético.

Esto último es fundamental si se quiere perdurar en el tiempo. De lo contrario, los errores cometidos obligan tarde o temprano a cambiar el nombre de la empresa.

El éxito en el sector inmobiliario no puede ser medido por el desempeño de un edificio: para perdurar 20 años hace falta una trayectoria y que el resultado final sea superior al ofrecido o prometido, sobre todo en lugares como Tucumán, donde la publicidad “boca a boca” esto es esencial para permanecer en el mercado.

Mi enfoque, hoy más que nunca, está puesto en Avanco. Los materiales son siempre los mismos: la diferencia está en ofrecer un buen diseño y en la calidad de la construcción. Nosotros somos constructores; esto quiere decir que no contratamos servicios a terceros. Sólo pude conseguir la calidad que buscaba con un equipo que trabaje codo a codo junto a mi. Esto, por supuesto, se fue dando de forma progresiva hasta conformar el equipo de hoy en día.

Nos Hacemos Cargo

A pesar de las dificultades en estas dos décadas, nunca dejé de construir. Ni siquiera en 2001, cuando de un día para el otro las cosas perdieron el 40% de su valor. Cuando vi que, de repente, todo se había desplomado, encontré dos caminos: me quedaba sentado, alquilaba y no vendía, cosa que implicaba dejar a mucha gente sin trabajo o cambiaba la estructura del negocio y adoptaba al metro cuadrado como unidad de medida en lugar del dólar.

En este momento estaba involucrado en una obra muy importante: Casa Magna, un proyecto de 20.000 metros cuadrados. Luego vinieron varias crisis económicas, y la construcción se detuvo durante 20 años. En el 2003 retomamos la obra que modificando el diseño original. Fue un desafío múltiple y terminó convirtiéndose en un motivo de orgullo, cuya finalización coincidió con la salida de la crisis y el incremento del valor de las propiedades. Esos 150 departamentos y 100 cocheras impulsaron decisivamente el crecimiento de la empresa.

En 2010 comencé a percibir una ralentización en la evolución del negocio inmobiliario. Pese a que la situación económica no era la óptima, seguí construyendo. En 2012 por momentos perdí el control sobre el margen de ganancia y el valor del metro cuadrado. Así es esta actividad y, pase lo que pase, hay cosas que no cambian, como la obligación de asegurar el servicio post venta. Esta es una garantía adicional para el comprador: si surge algún tipo de inconveniente con el edificio, nos hacemos cargo de arreglarlo.

Yo fui criado a la vieja usanza y tengo muy incorporada la cultura del trabajo. Mis padres nunca se jubilaron en el sentido estricto de la palabra. Como decía antes, la clave del éxito consiste en desarrollar con ética; construir con calidad; respetar al cliente y vender un producto con buena relación calidad-precio que perdure en el tiempo. Me siento exitoso cuando un cliente regresa diciendo que quiere comprar otro departamento.